David Copperfield

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–No tiene usted más que sumar dos y dos, mi querido alumno –repuso la prudente Mowcher, tocándose la nariz–, haga sus cálculos siguiendo las reglas del secreto profesional y obtendrá el resultado que busca. Ése es mi proceder: una viuda acomodada lo llama «pomada para los labios», otra «guantes», otra «cinta de sombrero», otra «abanico»… Yo le doy siempre el nombre que ellas desean, y se lo proporciono. Pero seguimos el juego con tanta seriedad que, de igual modo que jamás se aplicarían ese cosmético en una sala llena de gente, serían incapaces de aplicárselo en mi presencia. Y, cuando voy a visitarlas, a veces me dicen, ¡con una buena capa de colorete encima!: «¿Cómo me encuentra, Mowcher? ¿Estoy pálida?». ¡Ja, ja, ja! ¿Acaso no es divertido, mi joven amigo?

Jamás había contemplado una escena semejante: la señorita Mowcher de pie sobre la mesa del comedor, riéndose de sus historias y frotando enérgicamente la cabeza de Steerforth, mientras me guiñaba un ojo.

–¡Ah! –se lamentó–. En estos parajes no hay mucha demanda de esas cosas. No he visto a una mujer hermosa desde que llegué aquí, Jemmy.

–¿De veras? –dijo Steerforth.

–Ni siquiera su sombra –añadió la señorita Mowcher.


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