David Copperfield
David Copperfield –Pues nosotros podrÃamos enseñarle una de carne y hueso –afirmó Steerforth, mirándome–. ¿No es cierto, Daisy?
–¡Ya lo creo! –respondÃ.
–¡Ajá! –exclamó la diminuta criatura, clavando sus ojos en mà antes de volverlos hacia Steerforth–. ¡Caramba!
La primera exclamación parecÃa una pregunta dirigida a ambos y la segunda, sólo a él. Era como si no hubiera encontrado respuesta a ninguna de las dos, pero siguió frotando el cabello de Steerforth, con la cabeza ladeada y un ojo hacia arriba, como si buscara la respuesta en el aire y confiara en que apareciera de un momento a otro.
–Se trata de una hermana suya, ¿verdad, señor Copperfield? –inquirió, tras un momento de silencio, sin dejar de escudriñarnos.
–No –repuso Steerforth, sin darme tiempo a contestar–. Nada de eso. Por el contrario, si no me equivoco hubo un tiempo en que el señor Copperfield sintió gran admiración por ella.
–¡Cómo! ¿Y ya no la siente? –exclamó la señorita Mowcher–. ¿Es un joven voluble? ¡Qué vergüenza! ¿Acaso ha ido de flor en flor, cambiando cada hora… hasta que Polly correspondió a su amor? ¿Es ése su nombre?