David Copperfield

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–Y de igual modo que fui incapaz de negarme cuando vi sus ojos llenos de lágrimas, señorito Davy –continuó Ham, colocando con ternura la bolsita en la palma de su tosca mano–, ¿cómo podía decirle que no cuando me confió esto, incluso sabiendo para qué lo traía? ¡Una pequeñez como ésta! –exclamó, mirándola pensativo–. ¡Y con tan poco dinero! ¡Mi dulce Emily!

Cuando volvió a guardársela en el bolsillo, estreché calurosamente su mano, pues me pareció el mejor modo de expresarle mi simpatía; y seguí paseando con él, en silencio, durante unos minutos. Entonces se abrió la puerta y apareció Peggotty, que hizo señas a Ham para que pasara. Yo me habría quedado fuera, pero ella se acercó para pedirme que le acompañara. Aun así, habría evitado entrar en la habitación donde estaban, si no se hubiera tratado de la cocina primorosamente embaldosada de la que he hablado en más de una ocasión. La puerta de la calle conducía directamente a ella, por lo que me encontré casi sin darme cuenta entre ellos.






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