David Copperfield
David Copperfield DecidĂ hacerlo. Entonces le comuniquĂ© a Steerforth que mi tĂa estaba esperándome en la ciudad (segĂşn decĂa en su carta), y que habĂa reservado habitaciones para una semana en una especie de hotel particular en Lincoln’s Inn Fields, donde habĂa una escalera de piedra y una puerta que daba al tejado; pues la señorita Trotwood estaba convencida de que las casas de Londres podĂan ser pasto de las llamas todas las noches.
El resto del viaje fue de lo más agradable; en ocasiones volvimos a hablar de los Doctors’ Commons, anticipando los dĂas lejanos en que yo serĂa procurador eclesiástico, y que Steerforth describĂa de un modo tan cĂłmico y descabellado que los dos nos desternillábamos de risa. Cuando llegamos al final de nuestro trayecto, Ă©l se dirigiĂł a su casa, prometiendo visitarme dos dĂas despuĂ©s; y yo cogĂ un carruaje hasta Lincoln’s Inn Fields, donde mi tĂa me esperaba para cenar.
Si yo hubiese dado la vuelta al mundo, no creo que hubiera sido mayor nuestra alegrĂa al encontrarnos. Mi tĂa se echĂł a llorar al abrazarme; y, simulando reĂrse, declarĂł que, si mi pobre madre todavĂa viviera, con toda seguridad aquella necia mujercita se habrĂa deshecho en llanto.
–¿AsĂ que ha dejado usted al señor Dick en casa, tĂa? –exclamé–. ¡Cuánto lo siento! Ah, Janet, ÂżcĂłmo está?