David Copperfield

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Mientras Janet me hacía una reverencia y expresaba su deseo de que me encontrara bien, observé que el rostro de la señorita Trotwood se ensombrecía.

–Yo también lamento no haberlo traído –aseguró mi tía, rascándose la nariz–. Trot, no he tenido un momento de sosiego desde mi llegada.

Antes de que pudiera preguntarle el motivo, ella me lo contó.

–Tengo el convencimiento –afirmó, apoyando la mano en la mesa con melancólica firmeza– de que el carácter del señor Dick no es suficientemente enérgico para poner a raya a los burros. Estoy segura de que le falta determinación. Tendría que haber dejado a Janet en su lugar; quizá entonces habría estado más tranquila. Si alguna vez un burro ha pisoteado mi césped ha sido hoy a las cuatro en punto –dijo mi tía con vehemencia–. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, de la cabeza a los pies, y ¡sé que era un burro!

Intenté en vano tranquilizarla.

–Se trataba de un burro –insistió–; y era el de la cola corta, el mismo que montaba aquella mujer, la hermana Murdering,[44] cuando vino a verme –desde entonces mi tía llamaba siempre así a la señorita Murdstone–. Si existe un burro en Dover cuya audacia me resulte más insoportable que la de los demás, ¡es precisamente ése! –exclamó, golpeando la mesa.


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