David Copperfield

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Janet se atrevió a sugerir que quizá mi tía hiciese mal en preocuparse tanto, y afirmó estar convencida de que el burro en cuestión vivía ahora dedicado al transporte de arena y de grava, por lo que no tenía tiempo para entrar ilegalmente en su propiedad. Pero mi tía se negó a escucharla.

Nos sirvieron una buena cena, y estaba caliente, a pesar de que mi tía había elegido las habitaciones en uno de los pisos más altos del hotel. No sé si lo había hecho para disfrutar de un número mayor de escalones de piedra por el mismo precio, o para estar más cerca de la puerta que salía al tejado. Comimos pollo asado, una chuleta y algunas verduras, a todo lo cual hice los debidos honores, pues estaban deliciosos. Pero mi tía tenía sus propias ideas respecto al abastecimiento de Londres, y apenas probó bocado.

–Supongo que este infortunado pollo habrá nacido y se habrá criado en un sótano –dijo–, y el único aire que habrá respirado habrá sido en la parte trasera de un carruaje. Espero que la chuleta sea de buey, aunque no lo creo. En mi opinión, lo único genuino de este lugar es la suciedad.

–¿Acaso no cree posible, tía, que el pollo haya venido del campo? –insinué.

–Por supuesto que no –se apresuró a responder–. Para un comerciante de Londres no tendría la menor gracia vender algo que fuera lo que aparenta ser.


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