David Copperfield

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No osé llevarle la contraria, pero cené con mucho apetito, lo que a ella le complació sobremanera. Cuando recogieron la mesa, Janet la ayudó a peinarse, le puso el gorro de dormir, que era más elegante que de costumbre («por si hay un incendio», dijo mi tía), y le dobló el camisón por encima de las rodillas, como todas las noches, pues le gustaba calentarse los pies antes de ir a la cama. Entonces yo le preparé, según ciertas normas establecidas que debían seguirse al pie de la letra, un vaso de vino blanco caliente, al que añadí un poco de agua, y una rebanada de pan tostado cortada en tiras largas y estrechas. Tras estos preparativos, nos dejaron solos para terminar la velada. Mi tía, sentada frente a mí, bebía su vino y mojaba en él las tiras de pan, una a una, antes de comérselas, mirándome con ternura bajo los bordes de su gorro de dormir.

–Veamos, Trot –empezó a decir–. ¿Qué te parece la idea de hacerte procurador eclesiástico? ¿O todavía no has pensado en eso?

–Lo he meditado mucho, querida tía, y he hablado largo y tendido del asunto con Steerforth. La idea me gusta. Me gusta muchísimo.

–¡Qué alegría me das! –exclamó.

–Sólo veo un inconveniente, tía.

–¿Cuál es, Trot?


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