David Copperfield
David Copperfield –Trot, hijo mÃo, si tengo algún propósito en la vida es convertirte en un hombre bueno, sensato y feliz. He puesto todo mi empeño en eso… y el señor Dick, también. Me gustarÃa que algunas personas que conozco escucharan los comentarios del señor Dick al respecto. Su sagacidad es extraordinaria. ¡Pero soy la única que conozco hasta dónde llega su inteligencia!
Se detuvo un momento para coger mi mano entre las suyas y siguió diciendo:
–Es inútil recordar el pasado, Trot, si no ejerce alguna influencia sobre el presente. Tal vez tendrÃa que haberme llevado mejor con tu pobre padre. Tal vez tendrÃa que haberme llevado mejor con tu madre, aquella infortunada niña, incluso después de la decepción que me causó tu hermana Betsey Trotwood. Es posible que lo creyera asà cuando llegaste a mi casa, pobre y pequeño fugitivo, cubierto de polvo y extenuado por el viaje. Desde entonces hasta ahora, Trot, has sido siempre un orgullo y una alegrÃa para mÃ. Nadie tiene derecho a mi fortuna; al menos… –al llegar aquÃ, con gran sorpresa mÃa, vaciló y pareció confusa–. No, nadie tiene derecho a mi fortuna, excepto tú, mi hijo adoptivo. Sólo te pido que seas cariñoso conmigo en mi vejez, y que soportes mis manÃas y mis caprichos; de ese modo, harás más por una anciana cuya juventud no fue todo lo feliz y armoniosa que hubiera debido ser, de lo que jamás ella habrá hecho por ti.