David Copperfield
David Copperfield Era la primera vez que oÃa a mi tÃa referirse a su pasado. Y la serenidad con que trató el tema, antes de darlo por zanjado, reflejó tanta nobleza que, de haber sido posible, habrÃa aumentado mi respeto y mi cariño por ella.
–Todo ha quedado aclarado entre nosotros, Trot –añadió–. No necesitamos hablar más del asunto. Dame un beso y mañana, después del desayuno, iremos a los Commons.
Tuvimos una larga conversación junto al fuego antes de acostarnos. Mi habitación estaba en el mismo piso que la de ella y, a lo largo de la noche, llamó a mi puerta en varias ocasiones –cada vez que se despertaba alarmada por el ruido lejano de los coches de alquiler o de los carros que se dirigÃan al mercado– para preguntarme si no habÃa oÃdo las bombas de incendios. Sin embargo, cuando amaneció, logró tranquilizarse y me dejó dormir en paz.
Alrededor del mediodÃa, nos dirigimos a las oficinas de los señores Spenlow y Jorkins en los Doctors’ Commons. Mi tÃa, que también estaba convencida de que en Londres todos los hombres que veÃa eran rateros, me confió su bolsito, que contenÃa diez guineas y algunas monedas de plata.