David Copperfield
David Copperfield Hicimos un alto en la tienda de juguetes de Fleet Street para ver cómo los gigantes de Saint Dunstan[45] daban la hora (habÃamos previsto estar allà a las doce en punto) y luego continuamos hacia Ludgate Hill y la iglesia de Saint Paul. Cuando estábamos llegando al primero de estos lugares, me di cuenta de que mi tÃa aceleraba el paso y parecÃa asustada. Vi, al mismo tiempo, que un hombre ceñudo y mal vestido, que poco antes se habÃa detenido y nos habÃa mirado fijamente, al cruzarse con nosotros, nos seguÃa tan de cerca que casi rozaba la ropa de la señorita Trotwood.
–¡Trot! ¡Mi querido Trot! –susurró mi tÃa aterrorizada, oprimiéndome el brazo–. No sé qué hacer.
–No tenga miedo –le dije–. No pasa nada. Entre en una tienda y ya verá lo pronto que me deshago de ese individuo.
–¡No, no, hijo! –respondió–. No hables con él por nada del mundo. ¡Te lo suplico, te lo ordeno!
–¡Por Dios, tÃa! –exclamé–. Si no es más que un mendigo insolente.
–¡No sabes lo que es! –repuso ella–. ¡No sabes quién es! ¡No sabes lo que estás diciendo!
Entretanto, nos habÃamos detenido en un portal vacÃo y él nos habÃa imitado.