David Copperfield

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–¡No le mires! –gritó mi tía, cuando volví la cabeza indignado–. Pídeme un carruaje, querido, y espera mi regreso en el cementerio de Saint Paul.

–¿Que espere su regreso? –repetí.

–Sí –contestó ella–. Debo ir sola. Tengo que hablar con él.

–¿Con él, tía? ¿Con ese hombre?

–Estoy en mi sano juicio, Trot –repuso–, y te digo que tengo que hablar con él. ¡Vamos, pídeme un carruaje!

Por grande que fuera mi asombro, comprendí que no podía negarme a obedecer una orden tan apremiante. Sin perder tiempo, me alejé unos pasos y llamé a un coche de alquiler que pasaba en esos instantes. Sin que yo supiese cómo, mi tía entró de un salto en su interior, en cuanto hube bajado el estribo; el desconocido la siguió. Ella me hizo un gesto tan enérgico con la mano para que me marchara que, sumamente desconcertado, me alejé en seguida. Al hacerlo, oí cómo le decía al cochero: «¡A cualquier sitio! ¡No se detenga!». Y el carruaje me adelantó, cuesta arriba.


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