David Copperfield

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Recordé entonces lo que el señor Dick me había contado, y que yo había creído una imaginación suya. No me cabía la menor duda de que aquel individuo era el mismo al que él se había referido de un modo tan misterioso, aunque era incapaz de imaginar qué podía darle tanto poder sobre mi tía. Después de esperar media hora en el cementerio, vi aparecer de nuevo el carruaje. El cochero se detuvo a mi altura: mi tía venía sola.

Todavía no estaba suficientemente recuperada del susto para realizar la visita que habíamos proyectado. Me pidió que subiera al vehículo y que ordenara al cochero dar unas vueltas por los alrededores, muy despacio.

–Nunca me preguntes quién era, hijo mío, ni vuelvas a mencionar este asunto.

Y ésas fueron sus únicas palabras hasta que recobró por completo la serenidad; entonces me dijo que ya se encontraba perfectamente y que podíamos bajar del carruaje. Cuando me dio su bolsito para pagar al cochero, me percaté de que todas las guineas habían desaparecido y de que sólo quedaban las monedas de plata.



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