David Copperfield
David Copperfield Se accedía a los Doctors’ Commons por un pequeño arco de baja altura. Apenas habíamos dado unos pasos por su recinto cuando el ruido de la ciudad pareció convertirse, como por arte de magia, en un murmullo lejano. Después de atravesar algunos patios oscuros y estrechos pasajes, llegamos a las oficinas de Spenlow y Jorkins, iluminadas por una claraboya. En el vestíbulo de ese templo, donde los peregrinos eran admitidos sin la ceremonia de llamar a la puerta, tres o cuatro empleados trabajaban como copistas. Uno de ellos, un hombrecillo enjuto cuya peluca oscura y acartonada parecía de pan de jengibre, se levantó de su solitario rincón para recibir a mi tía y nos condujo al despacho del señor Spenlow.
–El señor Spenlow se encuentra en el Tribunal, señora –señaló el escribiente–; pero hoy le toca el de los Arcos, que está muy cerca, así que ahora mismo diré que le avisen.