David Copperfield
David Copperfield Como nos dejaron solos mientras iban en busca del señor Spenlow, aproveché la oportunidad para echar un vistazo a mi alrededor. Los muebles eran anticuados y estaban polvorientos; el tapete verde del escritorio habÃa perdido el color, y estaba tan pálido y ajado como un viejo mendigo. HabÃa muchos legajos en los que podÃa leerse: «Alegaciones» o (para mi sorpresa) «Libelos», y si concernÃan al Tribunal del Consistorio, al Tribunal de los Arcos, al Tribunal de las Prerrogativas, al Tribunal del Almirantazgo o al Tribunal de los Diputados; lo que me hizo meditar mucho sobre cuántos tribunales habrÃa en total y cuánto tiempo tardarÃa en aprendérmelos. HabÃa, asimismo, innumerables manuscritos que recogÃan los testimonios prestados bajo juramento, sólidamente atados en gruesos fajos, a fin de separar los distintos procesos; como si cada uno de ellos fuera una historia en diez o veinte volúmenes. Todo aquello parecÃa bastante costoso y me dio una bonita idea del oficio de procurador eclesiástico. Estaba examinando cada vez con mayor complacencia esos objetos y otros similares, cuando se oyeron unos pasos apresurados en la estancia contigua y el señor Spenlow, con una toga negra ribeteada de armiño, entró a toda prisa y se quitó el birrete.