David Copperfield

David Copperfield

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Era un caballero menudo y de pelo rubio, con unas botas irreprochables; jamás había visto una corbata y un cuello de camisa tan almidonados como los suyos. Llevaba el traje abotonado hasta el cuello, muy ceñido y elegante, y parecía haber dedicado mucho tiempo al arreglo de sus patillas, rizadas con auténtico esmero. La cadena de oro de su reloj era tan pesada que pensé que, para sacarla del bolsillo, necesitaría un brazo de oro tan vigoroso como los que se ven en las tiendas de los batidores de oro. Iba vestido con tanta pulcritud, y era tan estirado, que apenas podía inclinarse; y cuando quiso examinar unos documentos que había en su escritorio, después de tomar asiento, se vio obligado a mover todo el cuerpo, al igual que Polichinela, desde la base del espinazo.

Previamente me había saludado con cortesía, cuando mi tía me presentó.

–De modo, señor Copperfield, que ha pensado usted entrar en nuestra profesión. El otro día, cuando tuve el placer de entrevistarme con su tía –y volvió a inclinar todo su cuerpo como una marioneta–, le comenté que casualmente teníamos una vacante. La señorita Trotwood tuvo la amabilidad de decirme que tenía un sobrino muy querido a su cargo, para el que deseaba encontrar una profesión honorable. Y es a ese sobrino, supongo, a quien ahora tengo el honor de… (otra inclinación de Polichinela).


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