David Copperfield
David Copperfield El señor Spenlow me condujo por un patio empedrado, rodeado de grandes edificios de ladrillo que, a juzgar por los nombres escritos en las puertas, debían de ser las residencias oficiales de los eminentes doctores de los que Steerforth me había hablado. Después me invitó a entrar en una sala grande y oscura que había a la izquierda, y que me dio la impresión de ser una iglesia. La parte del fondo estaba separada del resto por una barandilla; y allí, a ambos lados de un estrado en forma de herradura, había varios caballeros con togas rojas y pelucas grises, sentados en unas cómodas y anticuadas sillas de comedor. Eran los doctores que he mencionado antes. En el centro de la herradura, asomando por encima de un pequeño pupitre, que me recordó al de un púlpito, había un anciano. Si lo hubiera visto en el interior de una jaula, habría creído que era un búho, pero me dijeron que era el presidente del Tribunal. En el espacio interior de la herradura, aunque en un plano más bajo, es decir casi a nivel del suelo, había varios caballeros del mismo rango que el señor Spenlow, vestidos como él, con togas negras ribeteadas de armiño, sentados alrededor de una gran mesa verde. Sus cuellos parecían muy rígidos y sus miradas, altivas; pero no tardé en darme cuenta de que había sido injusto con ellos en este último aspecto, pues, cuando dos o tres tuvieron que levantarse para contestar una pregunta del dignatario que presidía, hablaron con una humildad inaudita. El público, que consistía en un muchacho con una bufanda y en un hombre con traje raído, otrora elegante, que comía a escondidas unos mendrugos que sacaba del bolsillo de su abrigo, se calentaba en una estufa que había en el centro de la sala. La tranquila languidez del lugar sólo se veía interrumpida por el crepitar de aquel fuego y por la voz de uno de los abogados, que daba la impresión de pasear lentamente por toda una biblioteca de testimonios, y que se detenía de vez en cuando, del mismo modo que uno se detiene en una posada del camino, para esgrimir nuevos argumentos. En pocas palabras, jamás había asistido a una pequeña reunión de familia tan pacífica, tan aburrida, tan rancia, tan anticuada y tan soporífera; y pensé que sería un delicioso opiáceo formar parte de ella, representando cualquier papel, excepto quizá el de demandante.