David Copperfield
David Copperfield Muy complacido con la atmósfera de sueño de aquel retiro, dije al señor Spenlow que, por el momento, ya había visto suficiente, y regresamos con mi tía. Poco después, me marché con ella de los Commons; y, al salir del despacho de Spenlow y Jorkins, me sentí muy joven, pues vi cómo los empleados se daban codazos entre sí y me señalaban con sus plumas.
Llegamos a Lincoln’s Inn Fields sin más contratiempos, si exceptuamos nuestro encuentro con un infortunado burro que tiraba del carro de un vendedor ambulante y que despertó en mi tía dolorosos recuerdos. Una vez a salvo en el hotel, volvimos a conversar largo y tendido sobre mis planes; y, como sabía que ella estaba deseosa de regresar a casa y que, entre los incendios, la comida y los rateros, no podía pasar ni media hora tranquila en Londres, le pedí que no se preocupara por mí y que me dejara cuidar de mí mismo.
–Mañana hará una semana que estoy aquí, y he pensando mucho en eso, querido –contestó–. Hay unas habitaciones amuebladas en el Adelphi, que serían perfectas para ti, Trot.