David Copperfield
David Copperfield Después de ese breve preámbulo, sacó del bolsillo un anuncio, cuidadosamente recortado de un periódico, donde podÃa leerse que en Buckingham Street, en el Adelphi, se alquilaba un pequeño apartamento amueblado, muy agradable y con vistas al rÃo, de lo más indicado para un caballero joven, para un miembro del Colegio de Abogados, etc…; entrega de llaves inmediata, precio moderado y posibilidad de alquilarse por meses.
–¡Precisamente lo que necesito, tÃa! –exclamé, enrojeciendo de placer ante la perspectiva de tener mi propio apartamento.
–Entonces, no hablemos más –respondió mi tÃa, volviendo a ponerse el sombrero que acababa de dejar a un lado–. ¡Vamos a verlo!
Y allà nos fuimos. El anuncio decÃa que nos dirigiéramos a una tal señora Crupp, en el mismo edificio, de modo que tocamos la campanilla del patio, suponiendo que asà la encontrarÃamos. Tuvimos que llamar tres o cuatro veces antes de que ella se dignara contestar. Finalmente, apareció; se trataba de una mujer corpulenta con unas enaguas de franela, cuyos volantes sobresalÃan bajo su vestido de nanquÃn.
–¿PodrÃa, por favor, enseñarnos las habitaciones que tiene libres? –dijo mi tÃa.
–¿Para este caballero? –preguntó la señora Crupp, buscando las llaves en el bolsillo.