David Copperfield

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–En efecto, para mi sobrino –repuso la señorita Trotwood.

–¡Le van a venir que ni pintiparadas! –exclamó la señora Crupp.

Subimos las escaleras. El apartamento estaba en el último piso de la casa –un punto a favor para mi tía, pues se hallaba muy cerca de la escalera de incendios– y tenía un pequeño vestíbulo donde apenas había luz, una pequeña despensa por la que había que avanzar a tientas, una sala de estar y un dormitorio. Los muebles estaban un poco deteriorados, pero suficientemente bien para mí; y, en efecto, las ventanas daban al río.

Como el sitio me encantó, mi tía y la señora Crupp se retiraron al cuarto contiguo para discutir las condiciones, mientras yo me quedaba en el sofá de la sala, casi sin acabar de creer que iba a vivir en tan magnífica residencia. Después de un singular combate de bastante duración, las dos mujeres regresaron, y no tardé en comprender, regocijado, tanto por la expresión de la señora Crupp como por la de mi tía, que habían llegado a un acuerdo.

–¿Son los muebles del inquilino anterior? –preguntó la señorita Trotwood.

–Así es, señora –repuso su interlocutora.

–¿Y qué ha sido de él? –quiso saber mi tía.


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