David Copperfield

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La señora Crupp sufrió un violento ataque de tos y, a duras penas, logró articular:

–Cayó enfermo aquí, señora y…¡Cof! ¡Cof! ¡Cof! ¡Ay, Señor! Se murió…

–¡Eh! ¿Y de qué murió? –inquirió mi tía.

–Verá, señora, a causa de la bebida –le dijo confidencialmente la señora Crupp–. Y del humo.

–¿Del humo? No se referirá al de la chimenea, ¿verdad? –exclamó la señorita Trotwood.

–No, señora –repuso la señora Crupp–. Al de la pipa y los cigarros.

–En cualquier caso, eso no es contagioso, Trot –comentó mi tía, volviéndose hacia mí.

–No, señora –contesté.

En una palabra, mi tía, viendo lo entusiasmado que estaba con el apartamento, lo alquiló por un mes, con posibilidad de prolongar el contrato doce meses más, después de aquella fecha. La señora Crupp se encargaría de proporcionarme ropa blanca y de cocinar. Mi nueva casera dejó bien claro que me querría como a un hijo. Quedó convenido que me trasladaría dos días después, y la señora Crupp dio gracias al Cielo ¡por haber encontrado alguien a quien cuidar!


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