David Copperfield
David Copperfield Insistió en que me quedase a cenar y yo acepté; creo recordar que no hablamos de otra cosa que de su hijo. Le conté cuánto le querÃa todo el mundo en Yarmouth, y qué buen compañero habÃa sido para mÃ. La señorita Dartle pasó la velada haciendo insinuaciones y preguntas misteriosas, pero pareció muy interesada por nuestro viaje, y repitió tantas veces: «¡Oh! ¿De veras?» y otras frases parecidas, que estoy seguro de que me sonsacó todo lo que deseaba saber. SeguÃa exactamente igual que la primera vez que la vi; pero la compañÃa de las dos damas era tan agradable y me encontraba tan a gusto entre ellas que tuve la sensación de que me estaba enamorando un poco de la señorita Dartle. En varias ocasiones a lo largo de la velada, y especialmente mientras volvÃa a Londres por la noche, pensé que serÃa una compañera encantadora en mi casa de Buckingham Street.
Al dÃa siguiente, estaba desayunando un café y un panecillo antes de ir a los Commons (aprovecharé la ocasión para decir que el café de la señora Crupp era increÃblemente flojo para lo mucho que gastaba de ese producto), cuando tuve la inmensa alegrÃa de ver entrar al mismÃsimo Steerforth.
–Mi querido Steerforth –exclamé–, empezaba a pensar que no volverÃa a verte nunca.
–Me sacaron de Highgate a la fuerza –respondió él–, al dÃa siguiente de mi regreso. Pero, Daisy, ¡estás instalado aquà como un viejo solterón!