David Copperfield
David Copperfield Le enseñé lleno de orgullo mi nueva residencia, sin olvidar la despensa, y él se deshizo en elogios.
–Te diré una cosa, muchacho –añadió–, me alojaré aquà siempre que venga a la ciudad, a no ser que me pongas de patitas en la calle.
Me alegró sobremanera oÃr aquello. Le dije que, si esperaba que le echase, tendrÃa que aguardar hasta el dÃa del juicio final.
–¡Y ahora desayunarás conmigo! –declaré, con la mano en el cordón de la campanilla–. La señora Crupp te preparará café y yo haré un poco de tocino en este horno holandés.[46]
–¡No, no! –replicó Steerforth–. ¡No llames! Me es imposible quedarme. Tengo que desayunar con uno de mis dos amigos, que se aloja en el Piazza Hotel, en Covent Garden.
–Pero volverás a cenar conmigo, ¿no? –pregunté.
–Te juro que no puedo, Daisy. No hay nada que desee más, pero tengo que cenar con mis compañeros. Mañana por la mañana nos vamos los tres de Londres.
–Entonces tráelos contigo –sugerÖ. ¿Crees que aceptarÃan?
–Estoy seguro de que no se harÃan de rogar –exclamó Steerforth–; pero te molestarÃamos. Será mejor que vengas a cenar con nosotros en cualquier otro lugar.