David Copperfield
David Copperfield Me negué rotundamente a aceptar su propuesta, pues querÃa inaugurar la casa con una pequeña fiesta, y pensé que no volverÃa a presentarse una ocasión mejor. Después de contar con la aprobación de Steerforth, estaba más orgulloso que nunca de mi alojamiento y ardÃa en deseos de mostrar sus excelencias. Por ese motivo, le obligué a prometerme que vendrÃa con sus dos amigos, y decidimos cenar a las seis en punto.
Cuando se hubo marchado, llamé a la señora Crupp y le comuniqué mi insensato proyecto. Mi casera me dijo, en primer lugar, que no contase con ella para servir la mesa, pero que conocÃa a un joven muy desenvuelto que quizá lo hiciera por cinco chelines y la voluntad. Respondà que, por supuesto, le contratarÃamos. Luego la señora Crupp me hizo saber que, como ella no podÃa estar en dos sitios a la vez (lo que me pareció razonable), era indispensable contar con una joven en la despensa, para que fregara todos los platos al momento, a la luz de una vela. Le pregunté cuánto costarÃa esa muchacha, y ella me contestó que suponÃa que dieciocho peniques no me harÃan ni más pobre ni más rico. Me mostré de acuerdo con ella, y ese asunto quedó también zanjado. Entonces la buena mujer pasó a ocuparse del menú.