David Copperfield
David Copperfield Como al principio estaba un poco intimidado y me sentía demasiado joven para presidir la mesa, le cedí mi puesto a Steerforth, cuando anunciaron la cena, y me senté frente a él. Todo estaba suculento, y no escatimamos el vino. Steerforth desplegó todo su encanto para que la velada fuera un éxito, por lo que en ningún momento decayó nuestro ánimo. Yo no fui, sin embargo, la mejor de las compañías, pues mi silla estaba enfrente de la puerta y no podía evitar distraerme observando que el joven desenvuelto salía muy a menudo de la habitación e, inmediatamente después, su sombra aparecía reflejada en la pared del vestíbulo con una botella en la boca. La muchacha también me causaba cierto desasosiego, y no porque fregase mal los platos sino porque los rompía. Al ser curiosa por naturaleza, e incapaz de quedarse en la despensa (como se le había ordenado), asomaba continuamente la cabeza para ver qué hacíamos y, en varias ocasiones, imaginándose descubierta, volvió a entrar corriendo en su habitáculo, donde había apilado cuidadosamente los platos, organizando una verdadera hecatombe.