David Copperfield
David Copperfield Sin embargo, fueron cosas sin importancia, que olvidé en seguida cuando retiraron los platos y trajeron el postre; fue entonces cuando me percaté de que el joven desenvuelto había perdido el habla. Después de ordenarle discretamente que bajara a buscar la compañía de la señora Crupp y que se llevara a la muchacha con él, me abandoné a la alegría.
Empecé por mostrarme extraordinariamente contento y animado; acudieron a mi memoria toda clase de recuerdos que creía olvidados, y hablé de ellos como no lo había hecho jamás. Me reí a carcajadas de mis propios chistes y de los que contaban los demás; llamé a Steerforth al orden porque no pasaba el vino; prometí varias veces ir a Oxford; anuncié que tenía la intención de dar una cena similar todas las semanas, hasta nuevo aviso; y tomé tanto rapé de la caja de Grainger que me vi obligado a ir a la despensa, donde estuve estornudando en la intimidad durante diez minutos.
Continué pasando el vino cada vez más deprisa, descorchando una botella tras otra, mucho antes de que fuera necesario. Brindé a la salud de Steerforth. Dije que era mi amigo más querido, el protector de mi infancia y el compañero de mi juventud. Señalé que me sentía muy feliz de brindar por él. Añadí que jamás podría pagarle todos los favores que le debía y que nunca encontraría palabras para expresar cuánto le admiraba. Terminé el brindis exclamando: