David Copperfield
David Copperfield Su expresión era tan serena y bondadosa, y me recordó hasta tal punto la inocencia y la despreocupación de mis dÃas escolares en Canterbury, asà como al estúpido y miserable borracho en que me habÃa convertido dos noches antes, que, al verme a solas con ella, me dejé arrastrar por el remordimiento y por la vergüenza y… en pocas palabras, me comporté como un necio. He de reconocer que rompà a llorar. Y todavÃa no sé si aquello fue lo mejor que pude hacer o lo más ridÃculo.
–Si me hubiera visto en ese estado cualquier otra persona, Agnes –exclamé, volviendo la cabeza–, no me habrÃa importado tanto. ¡Pero que fueras precisamente tú! Casi preferirÃa haber muerto antes.
La joven apoyó su mano en mi brazo durante unos instantes (esa mano cuyo tacto no se parecÃa al de nadie); y yo me sentà tan reconfortado y querido que no pude evitar llevármela a los labios y besarla lleno de agradecimiento.
–Siéntate –dijo ella, alegremente–. No te aflijas, Trotwood. Si no puedes confiar en mÃ, ¿en quién lo harás?
–¡Ay, Agnes! –respondÖ. Eres mi ángel bueno.
Sonrió con cierta tristeza, según me pareció, y movió la cabeza.
–SÃ, Agnes, ¡mi ángel bueno! ¡Siempre mi ángel bueno!