David Copperfield
David Copperfield –Si de veras lo fuera, Trotwood –contestó–, pondrÃa todo mi empeño en una cosa.
La miré inquisitivamente; pero creo que sabÃa de antemano lo que iba a decirme.
–En ponerte en guardia –prosiguió Agnes, sin dejar de mirarme– contra tu ángel malo.
–Mi querida Agnes, si te refieres a Steerforth…
–En efecto, asà es, Trotwood –repuso.
–Entonces, Agnes, no eres justa con él. ¡Steerforth mi ángel malo o el de cualquier otro! ¡Él, que siempre ha sido un guÃa, un apoyo y un amigo para mÃ! ¡Mi querida Agnes! ¿Acaso no es arbitrario e indigno de ti juzgarlo por el estado en que me encontraste la otra noche?
–No lo digo por lo que vi la otra noche –replicó suavemente.
–¿Entonces, por qué?
–Por muchos detalles, en apariencia insignificantes, pero que, al irse sumando, han cobrado importancia para mÃ. Lo juzgo, en parte, por lo que me has contado de él, Trotwood; y también por tu carácter y por la influencia que ejerce sobre ti.