David Copperfield
David Copperfield Había algo en su dulce voz que parecía tocar dentro de mí una cuerda que sólo ella hacía vibrar. Era una voz que siempre daba impresión de seriedad; pero, cuando ésta era extrema, como en aquel momento, expresaba una emoción que no podía sino subyugarme. Me quedé contemplándola mientras ella bajaba los ojos hacia su labor, y sus palabras siguieron dando vueltas en mi cabeza; y, a pesar de todo el cariño que sentía por Steerforth, su imagen se ensombreció en mi interior.
–Sé que puede parecer una osadía –dijo, levantando de nuevo la mirada– que una persona como yo, que siempre ha vivido aislada y conoce tan poco el mundo, se atreva a aconsejarte con tanta firmeza, o incluso tenga una opinión tan tajante. Pero sé muy bien en qué se basa, Trotwood… en el recuerdo de los años en que hemos crecido juntos y en mi profundo interés por todo lo que te concierne. Y de ahí nace mi osadía. Estoy segura de no equivocarme. Estoy completamente segura. Es como si fuera otra persona, y no yo, quien te pone en guardia contra esa amistad tan peligrosa.
Volví a mirarla y, cuando se calló, tuve la sensación de seguir escuchándola; y la imagen de Steerforth, a pesar de mi afecto por él, se oscureció de nuevo.