David Copperfield

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Pronto me di cuenta de que la señora Gummidge no era siempre todo lo amable que cabía esperar, dadas las circunstancias en que vivía en casa del señor Peggotty. Solía estar de mal humor, y a veces se quejaba de un modo que resultaba molesto para los demás habitantes de tan reducida vivienda. Yo sentía lástima de ella; pero había momentos en los que pensaba que habría sido mejor para todos que la señora Gummidge tuviera un cómodo aposento donde retirarse, y del que no pudiese salir hasta haber recuperado el optimismo.

A veces el señor Peggotty iba a una taberna llamada La Voluntad. Lo descubrí cuando se ausentó la segunda o tercera noche después de nuestra llegada; y la señora Gummidge no cesó de mirar el reloj holandés, entre las ocho y las nueve, mientras insistía en decirnos que él estaba allí y, lo que es más, que ella había sabido desde por la mañana que el señor Peggotty iría a ese lugar.

La señora Gummidge había pasado un mal día, y había estallado en llanto por la mañana al ver que la chimenea humeaba.

–Soy una pobre criatura, sola y desamparada –exclamó cuando ocurrió tan desagradable incidente–. Todo se pone en contra mía.

–Vamos, señora Gummidge; pronto pasará –dijo Peggotty (y me refiero a nuestra Peggotty)–. Además, es igual de molesto para todos.


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