David Copperfield

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Ella habría querido olvidar el asunto, pero yo estaba demasiado obsesionado para permitirlo, e insistí en relatarle cómo había llegado a degradarme de aquel modo y qué cadena de circunstancias me había conducido finalmente al teatro. Supuso un gran alivio, y me permitió explicarle con todo detalle cuán grande era mi deuda con Steerforth por haberse ocupado de mí cuando yo era incapaz de cuidar de mí mismo.

–No debes olvidar –dijo Agnes, cambiando tranquilamente de tema cuando acabé de hablar– que no sólo tienes que contarme siempre tus dificultades, sino también tus amores. ¿Quién es la sucesora de la señorita Larkins, Trotwood?

–Nadie, Agnes.

–¡Vamos, Trotwood! Seguro que hay alguien –exclamó Agnes, riéndose y amenazándome con el dedo.

–No, Agnes, te lo prometo. En casa de Steerforth, hay una dama muy inteligente con la que me gusta conversar… la señorita Dartle… Pero no estoy enamorado de ella.

Mi amiga volvió a reírse de su propia agudeza y me dijo que, si yo seguía confiándole mis secretos, ella llevaría un pequeño registro de mis amoríos, con su fecha, su duración y su desenlace, al igual que la tabla de los reyes y de las reinas, en la historia de Inglaterra. Luego me preguntó si había visto a Uriah.


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