David Copperfield
David Copperfield –¡No llores, Agnes, por favor! ¡No llores, querida hermana! –fue lo único que pude balbucir.
Pero Agnes era muy superior a mÃ, tanto en carácter como en resolución (como ahora sé muy bien, aunque dudo que entonces me diera cuenta), para necesitar mucho tiempo de mis súplicas. Y, de igual modo que vuelve a aparecer el sol cuando pasa una nube, recobró la hermosa serenidad que, en mis recuerdos, la hacÃa tan diferente de otras personas.
–No creo que podamos estar a solas mucho tiempo más –dijo–, asà que aprovecharé la ocasión para rogarte que seas amable con Uriah. No lo rechaces. No te irrites (como, por lo general, te sientes inclinado a hacer) por aquello que te resulta desagradable en él. Tal vez no merezca nuestra antipatÃa, pues no sabemos con certeza nada malo de él. En cualquier caso, piensa en primer lugar en papá y en mÃ.
Agnes no tuvo tiempo de añadir nada más, pues la puerta se abrió y la señora Waterbrook, que era una dama muy voluminosa… o llevaba un vestido muy grande (no podrÃa precisar dónde empezaba el traje y dónde terminaba la señora), entró majestuosamente en la sala. TenÃa el vago recuerdo de haberla visto en el teatro, como la pálida imagen de una linterna mágica; pero ella parecÃa acordarse perfectamente de mÃ, y sospechar que continuaba ebrio.