David Copperfield
David Copperfield El señor Waterbrook estaba que no cabía en sí de gozo, según me pareció, por el mero hecho de que se hubieran insinuado semejantes intereses, y semejantes nombres, en su mesa. Adoptó la sombría expresión de un hombre que estaba al corriente de todo (aunque estoy convencido de que no sabía más que yo) y elogió la discreción que habían mostrado. Después de tan importante confidencia, el señor Spiker, como es natural, deseó corresponder a su amigo; por ese motivo, el diálogo anterior fue seguido de otro muy similar, en el que le tocó sorprenderse al señor Gulpidge; y de un tercero que volvió a llenar de extrañeza al señor Spiker, y así sucesivamente, una y otra vez. Durante todo ese tiempo, nosotros, los profanos, nos sentimos abrumados ante la magnitud de los intereses que allí se debatían; y nuestro anfitrión nos miraba con orgullo, como a víctimas de un temor reverencial y de un asombro muy saludables.