David Copperfield

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Por ese motivo, cuando el señor Peggotty regresó a casa hacia las nueve, la infortunada señora Gummidge hacía punto en su rincón, muy triste y abatida. Peggotty trabajaba alegremente; Ham remendaba un par de botas de agua; y yo leía en voz alta, sentado junto a la pequeña Emily. La señora Gummidge sólo había vuelto a abrir la boca para exhalar un acongojado suspiro, y ni siquiera había movido un ojo desde la hora del té.

–Y bien, amigos –exclamó el señor Peggotty, mientras ocupaba su asiento–, ¿qué tal están?

Todos respondimos algo, o le hicimos un gesto de bienvenida, excepto la señora Gummidge, que se limitó a mover la cabeza sin levantar la vista de su labor.

–¿Qué le pasa? –preguntó el señor Peggotty con una palmada–. ¡Anímese, vieja amiga!

La señora Gummidge no parecía capaz de animarse. Sacó de su bolsillo un viejo pañuelo negro de seda y se enjugó las lágrimas, pero, en lugar de guardarlo nuevamente, se las volvió a enjugar; y siguió con él en la mano, preparada para utilizarlo en cualquier momento.

–Vamos, mujer, ¿qué sucede? –insistió el señor Peggotty.

–Nada –dijo la anciana–. ¿Viene de La Voluntad, Daniel?

–Pues sí, he pasado por allí esta noche –respondió el señor Peggotty.


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