David Copperfield
David Copperfield –Cuánto siento haberle empujado a ello –afirmó la señora Gummidge.
–¿Empujado? No necesito que nadie me empuje –repuso el señor Peggotty riendo de todo corazón–. Me gusta demasiado.
–En efecto –dijo la señora Gummidge, moviendo la cabeza y secándose los ojos–, le gusta demasiado. Y yo siento que sea asà por mi culpa.
–¿Por su culpa? ¡Pero si no es por su culpa! –exclamó el señor Peggotty–. Ni se le ocurra pensar semejante tonterÃa.
–SÃ, sà lo es –respondió ella–. Me conozco bien. Sé que soy una mujer sola y desamparada, y que no sólo todo me lleva la contraria sino que yo llevo la contraria a los demás. SÃ, sÃ. Soy más sensible que las demás personas y no puedo evitar exteriorizarlo. Ésa es mi desgracia.
No pude sino pensar, mientras la escuchaba, que también era una desgracia para algunos miembros de aquella familia, además de para la señora Gummidge. Pero no fue eso lo que contestó el señor Peggotty, que se limitó a pedirle nuevamente a la anciana que levantara el ánimo.