David Copperfield
David Copperfield –No soy como me gustarÃa ser –añadió la señora Gummidge–. Ni de lejos. Pero me conozco. Las desgracias han agriado mi carácter. Me atormentan de tal modo que nada me parece bien. Me gustarÃa no sufrir tanto por ellas, pero no puedo. ¡Ojalá fuera más fuerte y las sobrellevara mejor! Soy un estorbo para todos; y no me extraña. Durante todo el dÃa no he hecho más que importunar a su hermana y al señorito Davy.
–No es cierto, señora Gummidge –grité con gran desasosiego, pues sus palabras me habÃan conmovido.
–No está bien que me comporte asà –continuó diciendo la anciana–. No es justo después de lo que ha hecho usted por mÃ. SerÃa mejor que me marchara al asilo y muriera allÃ. Soy una mujer sola y desamparada y no tengo por qué amargarle la vida a nadie en esta casa. Todo me lleva la contraria y, puesto que yo llevo la contraria a los demás, déjeme que lo haga en el asilo de mi parroquia. Daniel, prefiero ir allÃ, morirme y liberarle de mà para siempre.
Y después de decir estas palabras, la señora Gummidge se retiró a dormir. Cuando se hubo marchado, el señor Peggotty, que no habÃa podido mostrarse más bondadoso con ella, nos miró con compasión, movió la cabeza y murmuró:
–¡Ha estado pensando en el viejo!