David Copperfield
David Copperfield –¡Oh, no, señorito Copperfield! –contestó–. ¡Claro que no! Usted es el único que lo sabe. Debe comprender que estoy empezando a salir de mi humilde posición. Tengo la esperanza de que ella se dé cuenta de lo útil que soy al señor Wickfield (pues confÃo en serle verdaderamente útil), de cómo le allano las dificultades y le llevo por el buen camino. Está tan unida a su padre, señorito Copperfield (¡qué hermoso sentimiento en una hija!) que no me extrañarÃa que, por amor a él, acabara siendo cariñosa conmigo.
Medà el alcance de lo que tramaba aquel canalla, y comprendà por qué ponÃa su plan al descubierto.
–Si tiene la bondad de guardar mi secreto, señorito Copperfield –prosiguió–, y de no ponerse en contra mÃa, en general, lo consideraré un gran favor. Supongo que no querrá interponer el menor obstáculo. Sé que tiene usted un corazón bondadoso; pero, como sólo me ha conocido en una situación muy humilde (en la más humilde, debiera decir, pues todavÃa es muy humilde), podrÃa, sin saberlo, perjudicarme al hablar con mi Agnes. Ya ve que la llamo mÃa, señorito Copperfield. Hay una canción que dice: «¡Abdicaré coronas para llamarla mÃa!».[50] Espero poder hacerlo, un dÃa de estos.
¡Querida Agnes! No conocÃa a nadie que fuera digno de su ternura y de su bondad; ¿acaso estaba destinada a ser la mujer de semejante miserable?