David Copperfield
David Copperfield –Pero no hay ninguna prisa, señorito Copperfield –continuó diciendo Uriah con aire rastrero, mientras yo le contemplaba, sin poder apartar sus pensamientos de mi cabeza–. Mi Agnes es todavÃa muy joven; y mi madre y yo tenemos que abrirnos camino hacia arriba, y efectuar innumerables cambios antes de que nuestra unión sea posible. De modo que tendré tiempo para que se familiarice con mis esperanzas, poco a poco, a medida que vayan presentándose las oportunidades. ¡Oh! ¡Le agradezco tanto que me haya permitido hacerle esta confidencia! Es para mà un alivio saber que usted comprende nuestra situación, y tener la seguridad de que, deseoso de evitar cualquier disgusto a la familia, no se opondrá a mis planes.
Me cogió la mano, sin encontrar resistencia por mi parte, y, después de darme un húmedo apretón, miró la pálida esfera de su reloj.
–¡Dios mÃo! –exclamó–. ¡Más de la una! Los minutos pasan tan rápido cuando se habla de los viejos tiempos, señorito Copperfield, que es casi la una y media.
Le respondà que habÃa pensado que era más tarde. No porque lo creyera asÃ, sino porque toda mi facilidad de palabra habÃa desaparecido.