David Copperfield
David Copperfield Se negó a aceptar mi ofrecimiento con tanta vehemencia, empujado por la sorpresa y la humildad, que sus gritos debieron de llegar a oídos de la señora Crupp, que en aquellos momentos dormía, supongo, en una lejana habitación situada al nivel de las aguas más bajas, mientras sus sueños se veían arrullados por el tictac de un reloj incorregible, al que siempre recurría cuando discutíamos sobre su puntualidad, y que solía ir al menos tres cuartos de hora retrasado, aunque, según ella, los mejores especialistas lo hubieran arreglado por la mañana. Como ninguno de los argumentos que se me ocurrían, en medio de mi desconcierto, logró inducir al modesto Uriah a aceptar mi dormitorio, me vi obligado a improvisarle, lo mejor que pude, un lecho junto al fuego. El almohadón del sofá (demasiado corto para su figura alta y desgarbada), los cojines, una manta, el tapete de la mesa, un pequeño mantel limpio y un sobretodo me sirvieron para dicho fin; y Uriah me dio las gracias con efusión. Después de prestarle un gorro de dormir, que se colocó en seguida y con el que estaba tan horrible que jamás he podido ponérmelo de nuevo, le dejé descansar tranquilo.