David Copperfield

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Además, el atizador me perseguía en sueños y se negaba a salir de ellos. Medio dormido, medio despierto, pensaba que seguía al rojo vivo, y que yo lo había cogido de la chimenea y se lo había clavado en el cuerpo. Esta imagen llegó a obsesionarme de tal modo que, aunque sabía que no era real, entré sin hacer ruido en la estancia contigua para mirar a Uriah. Y allí estaba, tendido de espaldas, con las piernas extendidas hasta Dios sabe dónde, emitiendo toda clase de gorgoteos y de ronquidos, y con la boca abierta como un buzón. Era mucho más horrible en la realidad que en mis peores fantasías; me sentía poderosamente atraído por la repulsión que me inspiraba, y no podía evitar entrar y salir de la sala casi cada media hora para observarlo. Con todo, aquella noche interminable me parecía tan triste y descorazonadora como antes, y no se advertía en el cielo sombrío la menor señal de la llegada del alba.

Cuando lo vi bajar por la escalera, al día siguiente muy temprano (pues, gracias a Dios, no desayunó conmigo), tuve la impresión de que la noche desaparecía con él. Cuando salí para los Commons, encargué especialmente a la señora Crupp que dejara las ventanas abiertas, a fin de que la estancia se ventilara y quedase purificada de su presencia.


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