David Copperfield
David Copperfield Finalmente, llegó el día de volver a casa. Decir adiós al señor Peggotty y a la señora Gummidge resultaba soportable, pero alejarme de la pequeña Emily era un verdadero suplicio para mí. Caminamos cogidos del brazo hasta la posada donde se detenía el cochero y, mientras nos dirigíamos allí, le prometí que le escribiría (algo que cumplí más adelante, con letras más grandes que las que suelen anunciar el alquiler de una vivienda). No pudimos contener las lágrimas al despedirnos; y si alguna vez en la vida he sentido un vacío en mi corazón, fue aquel día.
Lo cierto es que, dando muestras de ingratitud, apenas había pensado en mi hogar durante el tiempo que duró mi estancia en Yarmouth. Pero, en cuanto emprendí el camino de regreso, mi joven conciencia, cargada de reproches, pareció apuntar en esa dirección con dedo firme; y sentí –quizá con mayor intensidad por la tristeza que me embargaba– que aquél era mi refugio, y mi madre, mi consuelo y mi amiga.
Estos sentimientos se fueron intensificando a medida que avanzábamos; y cuanto más nos íbamos acercando y más familiares nos resultaban los objetos que veíamos, mayor era mi impaciencia por llegar y arrojarme en brazos de mi madre. Peggotty, sin embargo, en lugar de compartir mi excitación, trataba de calmarme (aunque con mucha ternura) y parecía confusa y abatida.