David Copperfield
David Copperfield Pero el Rookery de Blunderstone aparecerÃa ante nuestros ojos, muy a su pesar, en cuanto quisiera el caballo del cochero; y eso fue lo que ocurrió. ¡Qué bien lo recuerdo, en medio de aquella tarde gris y frÃa, bajo un cielo sombrÃo que amenazaba lluvia!
La puerta se abrió y yo, medio llorando, medio riendo de excitación, busqué con la mirada a mi madre; mas ella no estaba, y sólo vi a una criada desconocida.
–¡Cómo, Peggotty! –exclamé en tono apesadumbrado–. ¿Es que mamá no ha vuelto a casa?
–SÃ, sà –repuso ella–. ¡Claro que ha vuelto a casa! Espere un momento, señorito Davy… Tengo algo que contarle.
Entre su nerviosismo y su torpeza natural para salir del carro, Peggotty estaba haciendo las contorsiones más increÃbles; pero yo me encontraba demasiado aturdido para decÃrselo. Cuando logró bajar, me cogió de la mano, me condujo, sorprendido, a la cocina y cerró la puerta.
–¿Qué ocurre, Peggotty? –pregunté asustado.
–Nada, señorito Davy, querido. ¡Dios le bendiga! –contestó ella, fingiendo sentirse muy animada.
–Estoy seguro de que ocurre algo. ¿Dónde está mamá?
–¿Que dónde está mamá, señorito Davy? –repitió Peggotty.