David Copperfield
David Copperfield –SÃ. ¿Por qué no ha salido a recibirnos? ¿Y para qué hemos entrado aquÃ? ¡Oh, Peggotty!
Apenas podÃa contener las lágrimas, y sentà como si fuera a desvanecerme.
–¡Dios le bendiga, tesoro mÃo! –exclamó la buena mujer, sosteniéndome–. ¡DÃgame! ¿Qué le sucede?
–Ella no ha muerto… ¿Verdad que ella no ha muerto, Peggotty?
–¡No! –gritó ella con todas sus fuerzas, antes de sentarse y decir entre jadeos que mis palabras le habÃan puesto los pelos de punta.
Le di un abrazo para tranquilizarla, o para que sus cabellos volvieran a la normalidad; entonces me coloqué delante de ella y la miré inquisitivamente, lleno de preocupación.
–Verá, querido… DeberÃa habérselo contado antes –se disculpó Peggotty–, pero no encontré el momento oportuno. Quizá tendrÃa que haberlo hecho, pero nunca acabé de decidirme.
–Sigue, Peggotty –exclamé, todavÃa más asustado.
–Señorito Davy –dijo con voz entrecortada, mientras desataba su sombrero con manos temblorosas–. ¿Quiere saber lo que pasa? ¡Pues que tiene usted un nuevo padre!