David Copperfield

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Empecé a temblar y palidecí. Algo –no sé exactamente qué ni cómo– muy relacionado con la tumba de mi padre en el cementerio y con la resurrección de los muertos pareció golpearme con fuerza, como un viento desapacible.

–Un nuevo padre –repitió ella.

–¿Un nuevo padre? –murmuré.

Peggotty hizo un gesto extraño, como si tragase una cosa muy dura, y me tendió su mano.

–Venga a verlo –exclamó.

–No quiero.

–¿Y a su madre? –me preguntó.

Dejé de retroceder y nos dirigimos a la sala principal, donde Peggotty se separó de mí. A un lado de la chimenea estaba mi madre; al otro, el señor Murdstone. Mi madre abandonó su labor y se apresuró a levantarse, si bien creí advertir en ella cierta timidez.

–Vamos, querida Clara –dijo el señor Murdstone–. ¡Recuerda! Tienes que dominarte… Domina siempre tus impulsos… Davy, muchacho, ¿cómo estás?

Le di la mano. Tras unos momentos de incertidumbre, fui a saludar a mi madre; ella me besó, me dio una palmadita cariñosa en el hombro y, sentándose de nuevo, reanudó su labor. No me atreví a mirarla, ni tampoco al señor Murdstone, pues sabía que éste no dejaba de observarnos; me acerqué a la ventana y contemplé unos arbustos que se inclinaban en medio del frío.


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