David Copperfield
David Copperfield En cuanto pude, salí sigilosamente de la sala y subí las escaleras. Mi vieja y querida alcoba había dejado de existir; a partir de entonces dormiría muy lejos de ella. Deambulé por el piso de abajo, tratando de encontrar algo que siguiera igual –¡estaba todo tan cambiado!–, y salí al patio; mas no tardé en retroceder sobresaltado, pues en la caseta, antes vacía, había un enorme perro –de voz tan ronca y pelaje tan oscuro como Él– que pareció enfurecerse al verme y se abalanzó sobre mí.