David Copperfield

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–Y de ese modo, poco a poco, llevando una vida muy sencilla, logré ahorrar las cien libras –dijo Traddles–; y, gracias a Dios, ya están pagadas. Aunque ha sido… verdaderamente ha sido –afirmó con un gesto de dolor, como si le hubieran arrancado otra muela– muy duro. Me mantengo gracias a esta clase de trabajos, y espero, un día de éstos, relacionarme con algún periódico, lo que para mí significaría el camino de la fortuna. Pero tú, Copperfield, sigues exactamente igual… tan simpático como siempre; estoy tan contento de verte que no tendré secretos para ti. Por ese motivo, debes saber que estoy comprometido.

¡Comprometido! ¡Oh, Dora!

–Mi novia es la hija de un reverendo de Devonshire –señaló Traddles–, una de las diez hijas… ¡Sí! Ésa es la iglesia –señaló cuando me vio mirar, involuntariamente, el dibujo que había en el tintero–. Giras por aquí, a la izquierda, después de salir por esa puerta –continuó, señalando el recorrido con el dedo–, y la casa está exactamente ahí, donde apoyo la pluma… justo enfrente de la iglesia, como es natural.

No fui consciente hasta más tarde del placer que sentía Traddles al entrar en aquellos detalles; pues, mientras tanto, mis egoístas pensamientos estaban trazando el plano de la casa y del jardín del señor Spenlow.


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