David Copperfield

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Pero, finalmente, llegamos a un acuerdo; y la señora Crupp se avino a efectuar dicha proeza, con la condición de que yo comiera fuera de casa durante los quince días siguientes.

Añadiré aquí que la tiranía de la señora Crupp era un verdadero tormento para mí. Jamás he tenido tanto miedo de nadie. Nos pasábamos la vida haciendo pactos. Si yo vacilaba, le acometía aquel extraño mal que vivía al acecho en algún rincón de su cuerpo, siempre dispuesto a lanzarse, sin previo aviso, contra sus órganos vitales. Si yo la llamaba con impaciencia, después de haber tocado inútilmente la campanilla media docena de veces, y ella se dignaba subir –lo que no siempre ocurría–, aparecía con cara de reproche, se derrumbaba jadeando en la silla más cercana a la puerta, se llevaba la mano a su pechera de nanquín y se sentía tan mal que yo, por librarme de ella, era capaz de sacrificar cualquier cantidad de coñac o de lo que fuera. Si le protestaba porque no hacía mi cama hasta las cinco de la tarde –una costumbre que sigo encontrando molesta– el simple ademán de posar su mano en esa región de nanquín donde escondía su sensibilidad herida bastaba para que yo empezase a balbucir excusas. En pocas palabras, habría hecho cualquier cosa antes que ofender a la señora Crupp, que era la pesadilla de mi vida.


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