David Copperfield
David Copperfield A la hora prevista, mis tres invitados llegaron a la vez. El señor Micawber con un cuello de camisa mayor de lo habitual y una cinta nueva en el monóculo; la señora Micawber con su cofia envuelta en papel color crema; Traddles llevando el paquete en cuestión y dando el brazo a la señora Micawber. Todos se mostraron encantados con mi casa. Cuando llevé a la señora Micawber a mi tocador y vio los preparativos que había hecho en su honor, se quedó tan extasiada que llamó al señor Micawber para que viniera a verlo.
–Mi querido Copperfield –exclamó el señor Micawber–, ¡cuánto lujo! Este tren de vida me recuerda los tiempos en que yo era un hombre célibe, cuando la señora Micawber aún no había sido invitada a prestar juramento de fidelidad en el altar del himeneo.
–Está hablando de cuando todavía no había pedido mi mano, señor Copperfield –afirmó maliciosamente ella–. ¡Qué sabe él si lo habían hecho otros!
–Querida mía –respondió el señor Micawber con repentina seriedad–, no tengo el menor deseo de hablar por los demás. Sé muy bien que, cuando los inescrutables designios del Destino te reservaron para mí, es muy posible que te estuvieran reservando para un hombre que, después de una larga lucha, acabara siendo víctima de unos apuros económicos de complicada naturaleza. Comprendo tu alusión, mi amor. Me duele, pero puedo sobrellevarla.