David Copperfield
David Copperfield Jamás olvidaba a Agnes, que nunca abandonaba el santuario de mis pensamientos –si asà puedo llamarlo–, donde la habÃa colocado desde el principio. Pero cuando Steerforth entró y se detuvo ante mÃ, tendiéndome la mano, la sombra que habÃa caÃdo sobre él se transformó en luz, y me sentà confuso y avergonzado por haber dudado de alguien a quien querÃa tanto. No es que mi amor por Agnes disminuyera; continuaba siendo el ángel bueno y amable de mi vida. No le reprochaba nada, me culpaba a mà mismo de haber traicionado a mi amigo; y habrÃa hecho cualquier cosa para reparar mi falta, si hubiera sabido cómo.
–Daisy, viejo amigo, ¡pareces haberte quedado sin habla! –dijo Steerforth riendo, al tiempo que estrechaba calurosamente mi mano y la soltaba alegremente–. Y estabas celebrando otra fiesta, ¡menudo sibarita! Estos muchachos de los Doctors’ Commons son los más alegres de la ciudad, ¡veo que nos dan cien vueltas a los juiciosos habitantes de Oxford!
Su expresiva mirada recorrió alegremente la habitación mientras tomaba asiento frente a mÃ, en el sofá que la señora Micawber acababa de abandonar, y empezó a atizar el fuego.
–Estaba tan sorprendido –exclamé, dándole la bienvenida con toda la cordialidad que sentÃa– que apenas me salÃan las palabras, Steerforth.