David Copperfield
David Copperfield –Verme consuela los ojos enfermos, como dicen los escoceses –replicó mi amigo–, y lo mismo ocurre al verte, Daisy, tan resplandeciente. ¿Cómo estás, discÃpulo de Baco?
–Muy bien –contesté–; pero esta noche no ha habido aquà ninguna bacanal, aunque confieso que he tenido tres invitados.
–Que acabo de encontrar en la calle, cubriéndote de elogios en voz alta –dijo Steerforth–. ¿Quién es tu amigo el de los pantalones ajustados?
Le describà en pocas palabras, y lo mejor que pude, al señor Micawber; y él se rió a carcajadas del retrato que hacÃa de ese caballero, declarando que era un hombre digno de conocerse y que yo tenÃa que presentárselo.
–¿Y quién supones que era mi otro invitado? –pregunté yo, a mi vez.
–¡Sabe Dios! –exclamó él–. No serÃa un pelmazo, ¿verdad? TenÃa todo el aspecto.
–¡Era Traddles! –respondà en tono de triunfo.
–¿Quién? –inquirió Steerforth, con aire indiferente.
–¿Acaso no te acuerdas de Traddles? Nuestro compañero de dormitorio en Salem House…