David Copperfield
David Copperfield –¡Oh! ¡Aquel muchacho! –dijo él, golpeando con el atizador un trozo de carbón en la parte superior del fuego–. ¿Sigue tan tierno y compasivo como siempre? ¿Y de dónde diablos lo has sacado?
Me deshice en alabanzas de Traddles, pues tuve la sensación de que Steerforth lo menospreciaba. Mi amigo comentó que también se alegrarÃa de ver a nuestro viejo compañero, pues siempre habÃa sido un tipo extraño; y, dando por concluido el asunto con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa, me preguntó si tenÃa algo de comer. Durante la mayor parte de nuestro breve diálogo, cuando no hablaba con una vivacidad febril, se entretenÃa rompiendo los trozos de carbón con el atizador. Observé que seguÃa haciendo lo mismo mientras yo sacaba los restos del pastel de pichón y otras pequeñas sobras.
–Pero, Daisy, ¡es una cena regia! –exclamó, rompiendo de pronto su silencio y sentándose en la mesa–. Le haré los honores, pues acabo de llegar de Yarmouth.
–CreÃa que venÃas de Oxford –comenté.
–No –replicó Steerforth–. He estado navegando… una ocupación mucho mejor.
–Littimer estuvo aquà hoy, preguntando por ti –señalé–, y me pareció entender que estabas en Oxford; aunque, ahora que lo pienso, no dijo nada al respecto.